Miguel Serrano

Serrano y el Misterio de Chile
Cristian Warnken
Con Miguel Serrano se acaba una época, una generación y un Chile que, mirado desde nuestra actualidad, nos parece irreal, mítico, casi inexistente. Esta última cualidad era para Serrano -por lo demás- garantía de verdadera realidad. Él fue el que habló siempre ” de la flor inexistente, por la que vale la pena dar la vida, porque no existe”. Creo que esa frase, que le oí muchas veces decir, resume, mejor que nada, su poética surrealista “sui generis”, vivida al pie de la letra y no como manifiesto retórico, como terminó sucediendo con los surrealistas europeos. Artaud, cuando llegó a México escribió que el surrealismo que ellos creían haber inventado en el Viejo Continente, ya existía en la realidad, en las calles, en América. Por eso el poeta Armando Uribe ha dicho que Serrano es el único surrealista de estos lares, un surrealista auténtico, de verdad.
No hay ni habrá otro Miguel Serrano. Tal vez en otra galaxia, u otro mundo paralelo, como esos por los cuales él tenía particular devoción. Es la flor literaria más extraña e inclasificable de la historia literaria del Chile del siglo XX, salvo que queramos usar el cómodo recurso de la caricatura y la simplificación. Pero al mismo tiempo es tal vez el más chileno de los escritores de Chile, aquel que vivió a Chile como misterio y como enigma por descifrar a través de la poesía.
“Ni por mar ni por tierra” se ha convertido en un libro de culto, y lo seguirá siendo por muchas décadas, un poema-memoria en prosa, a la altura de los mejores poemas de Neruda, Mistral y Parra sobre Chile, como documento y respuesta de la palabra a la interpelación de este paisaje que nos excede. Libro favorito de Jorge Teillier, ahí están las claves de muchas de las obsesiones de un Serrano que vivió a fondo la nostalgia por un Chile profundo.
Para resolver ese misterio que le quemó el corazón, Serrano cruzo la cordillera (que para él eran dioses dormidos), el océano y emprendió un viaje iniciático único, buscando respuestas a las preguntas por Chile en su paso por la India, Yugoslavia y en su amistad electiva con Hesse, Jung, Indira Gandhi, el Dalai Lama, el escultor vasco Oteiza y tantos otros.
Serrano es un escritor profundamente religioso, en el sentido más originario de la palabra, un místico disfrazado de memorialista, que buscó nuevos dioses que llenaran el vacío tremendo que le dejara el Dios perdido en la infancia, ése que probablemente recibió por osmosis del entorno familiar (los Huidobro y los Fernández Concha) de un Santiago de comienzos del siglo XX, en las mágicas Santo Domingo o Lira, calles de una ciudad hoy definitivamente borrada del mapa. Huérfano muy niño, Serrano fue también un huérfano literario. Decepcionado de los dioses locales de la literatura (él fue sobrino de Vicente Huidobro), quemó todas las naves para reinventar un estilo, una literatura que no fuera mera copia de modelos foráneos. Eso lo llevó al límite de quemar sus propios libros en los faldeos de la montaña, en un acto poético que revela el intento más radical en nuestro idioma por romper el imposible cerco que separa -desde hace siglos- el arte de la vida. Serrano es el sobreviviente de una generación -la del 38- de fantasmas, jóvenes que vivieron su tiempo y su espacio vital como drama, y que no dejaron prácticamente rastro alguno.
“Nosotros, desde la niñez, hemos sido impelidos a la rebelión y la soledad. Sin pilares firmes, sin puntos de apoyo, cuando todos los valores se derrumbaban y los que aún subsistían eran aún extraños al alma, pudimos sobrevivir por un esfuerzo anormal”.
Conversar con él significaba cruzar a la vereda de enfrente de un mundo mítico creado por su imaginación poética, vereda que empezaba en la antigua calle Lira y terminaba en La Ciudad de Los Césares. Hablar con él es hacerlo con Barreto, su alter ego, militante socialista y escritor fallecido prematuramente, asesinado en las calles por la milicias nacionalsocialistas. Serrano siempre sintió en Barreto al doble, al “otro yo” y tengo la impresión que siempre lo buscó con nostalgia imposible, al punto de terminar abrazando la misma ideología de quienes lo asesinaron, paradoja difícil de entender si es que no se lee a Serrano desde sus propias claves.
Es lamentable que Serrano no haya continuado escribiendo prosa poética y haya preferido gastar su tinta mágica en panfletos de dudosa calidad, muy por debajo de su genio poético. Los grandes creadores son también sus contradicciones, errores y pasiones. Está Neruda con su insoportable “Oda a Stalin” y él y tantos intelectuales de izquierda con su silencio culpable frente a las masacres del siglo XX. Está Serrano con su irredimible lealtad a un nazismo trasnochado. La lealtad -su gran virtud- fue también su gran defecto. Lo admiré y lo estimé desde la diferencia, como si hubiera encontrado en él a un amigo fuera del tiempo. A las 9.50 de la mañana del 28 de febrero, cuando sentí los truenos y relámpagos que caían sobre la cordillera, mientras él partía, no pude dejar de sentir que nuestra geografía (esa novia mística, hermosa, potente y frágil que tanto amó) le daba el adiós que él hubiera querido escuchar, más que la gloria literaria, que nunca buscó y que él mismo se encargó de arruinar con su adhesión y lealtad a lo imposible.
Tomado de www.emol.com

Escrito en Papel
Rafael Gumucio
Chile, como muchas islas, conserva un espécimen que en el continente se han perdido. Así un escritor -Miguel Serrano- que profesaba su nazismo en voz en cuello, puede ser despedido con admiración por ex comunistas, católicos de pocos dientes y presentadores de televisión. Esto podría ser folclórico y divertido si esta tolerancia con el horror, si esta fascinación por las botas prusianas de los militares, si este amor por las nieves eternas, si este desprecio por la historia y el dolor ajeno, no hubiese creado nuestros propios campos de concentración, nuestros propios muertos, nuestros propios torturadores impunes, nuestros propios torturados acallados.
De alguna forma en Chile hemos pasado por alto el debate moral e intelectual más importante del siglo pasado. Al final de los años 40, millones de personas habían sido asesinados de forma industrial por el solo hecho de nacer. No era ésta ni la primera, ni quizás la más numerosa, ni la última de las masacres. Lo que la hacía particular era la frialdad racional con que era ejecutada por hombres cultos y educados que tenían cultas y educadas razones para ser parte de la barbarie. Escritores como Tomas Mann, Stefan George, o Hermán Hesse se vieron perseguidos y exiliados por sus propios lectores usando para esto los argumentos que estos mismos autores, pensando escribir pura literatura, le proveyeron.
Toda una generación de intelectuales se preguntó después dónde está el límite de lo que se puede dudar, creer, decir o callar. Miguel Serrano, que se formó en ese debate, no dudo en poner las cosas por su nombre, y proclamar abiertamente lo que sus libros ya cantaban. Su estética, su visión del mundo eran nazis, no le quedaba otra que serlo el también. Cuando Cristian Warnken, la cara más visible de la cultura en Chile, trata de separar el militante del escritor, le falta el respeto a ambos. Divide lo que Serrano unió y acaba con el legado ético más respetable de su amigo: el de haber puesto sobre el frasco de veneno la etiqueta con las calaveras y los huesos para que los niños no lo traguen y se intoxiquen sin saber lo que están haciendo.
Serrano pensó lo que quiso pensar, y dijo lo que quiso decir. Era un escritor y era un intelectual, sabía las consecuencias de sus palabras, aunque las emitiera -ni tonto ni perezoso- justo en unos pocos países donde no sufriría penas de cárcel u ostracismo por emitirlas. ¿Sabe, en cambio Warnken, qué está diciendo cuando canta las loas fúnebres de Serrano? ¿Puede un hombre que hace alarde de cultura, pasar por alto el debate central de la cultura del siglo XX? ¿En qué queda el lector habitual de la columna ante un autor que nos habla semana tras semana del dolor de perder un hijo, de que cómo superarlo, de qué sentido darle a esa desesperanza, pero que pasa por alto justamente el tema del dolor, de los muertos que la palabra nazismo envuelve, para calificar la militancia de Serrano como una quijotada sin sentido, una especie de capricho senil al que no hay que darle mayor importancia?
Hace más o menos un año recuerdo haber defendido ante algunos amigos rigurosos en exceso el derecho de Cristian Warnken a vivir su pena y su dolor en público. ¿Hay algo más respetable que el dolor del otro? ¿Algo más inalienable, más propio que la pena y el duelo? -les decía. Que fueron buenos o malos los artículos, daba lo mismo. Alguien respiraba más allá del silencio, alguien seguía viviendo cuando la muerte ya le había tocado las alas.
Tu dolor es tuyo, y sólo tuyo hasta que te metes con el dolor de los demás. El derecho a hablar de tu dolor en público, implica el deber de comprender primero el dolor del otro, como el derecho a escribir en diario o una revista te obliga a pensar más allá de tus desahogos, amistades, chorezas y olvidos, qué quieres decir, y dónde y cómo y a quién. Eso lo que justamente este columnista parece no querer asumir, el peso de lo que dice y de lo que no dice.
No es nazi, no desprecia a los judíos, pensará Warnken -que estoy seguro tiene las mejores intenciones-, aunque su defensa de Serrano repite punto por punto la que los círculos neonazis emprenden cada vez que se critica a su líder: la literatura no tiene nada que ver con su contenido. La belleza está más allá del bien y el mal. Los amargados que hacen muchas preguntas son unos resentidos de otra época. Los judíos de los que habla Serrano son símbolos, el Hitler que canta es esotérico, todo esto es pura poesía, puro juego de palabras aunque las camisas pardas, y los brazos en alto y la negación del Holocausto y el desprecio por los peruanos, los comunistas y los judíos sean al final de verdad.
Para Warnken pensar es bello, y no necesario y no inevitable. Pensar es bello, tan bello que se debe evitar pensar en el horror para no manchar el pensamiento con cosas feas. Higienizar la lectura, tal como algunos soñaban higienizar países. Separar los feos de los bellos, lo puro de lo impuro, el cuerpo del alma, el periodismo de la noticia, el escritor de lo que escribe, el cuerpo de la mente, la poesía de la calle, el tiempo de la historia, la lengua de quienes la usan, la vida de la muerte, lo que me pasa a mí de lo que les pasa a los demás.
Yo creo, en cambio, que los libros que leemos, y los seres que amamos, y las pesadillas y los sueños que vivimos sólo tienen sentido si nos ayudan a comprender al otro, a comprendernos en el otro. La mala literatura sólo es literatura, es decir, un viaje en redondo alrededor de sí mismo, la buena vida es un viaje hacia el otro. Mi dolor es una puerta hacia el dolor del otro, el dolor por ejemplo de la señora Ruth, rescatada de los campos de concentración que en el blog en que Warnken dejó su columna ruega que no sea cierto, que no se pueda decir que hay algo bello en esos discursos que permitieron, que alentaron, que justificaron, que justifican aún hoy la muerte de toda su familia.
Postular una poesía ultraterrena, de puro lenguaje y fantasía mítica, es olvidar que la verdadera poesía se escribe en la piel de esa mujer como las cifras que dejaron marcado para toda la vida en su muñecas los jefes de los campos de concentración.
Tomado de www.theclinic.cl























